Clima de diciembre

Hoy el día arrancó con clima de diciembre, ese clima con bastante sol, medianamente húmedo, pocas nubes, todo lo que Bogotá no es. Ese clima de diciembre es particular, no porque sea poco habitual en diciembre ni porque sea el detonante para que el siempre optimista bogotano diga "por la tarde va a caer un aguacero...", es porque es un clima de infancia, este es el clima de mi infancia.

Amo este clima porque me ayuda a recordar los últimos días de clase en mi infancia temprana, eran días de exámenes finales y salíamos temprano del colegio. Recuerdo que un día terminé el examen de turno, el último del año, tal vez fue de matemáticas, sociales, dibujo o quién sabe, no importa, lo importante es que a la salida no estaba mi mamá esperándome sino mis abuelitos. Esto sólo se vio un par de veces en todo el tiempo que fui acompañado al colegio. Ellos estaban ahí, más lejos de donde se ubicaba mi mamá, pero estaban juntos y levantaban las manos para llamar mi atención.

Que mis abuelitos me recogieran en el colegio era señal de que mi mamá estaba haciendo algo particular, tal vez alguna sorpresa. Me llevaron hacia la casa mientras me preguntaban cómo me había ido y yo respondía con la felicidad de un niño recién salido a vacaciones. Cuando ellos me recogían tomábamos un camino hacia la casa diferente al que tomaba con mi mamá, era fantástico porque pasábamos por una tienda donde vendían helados y parábamos allí a comprar uno. Terminaba el año, iba por la calle con mis abuelitos, comía helado y el clima hacía la escenografía de este momento perfecto.

Llegar a casa, entrar, botar la maleta, quitarme el saco rojo y los zapatos negros del uniforme, caminar descalzo por la casa e ir a saludar a mi mamá. Estaba en la cocina preparando torta de pan, un manjar. Correr al segundo piso y ver que mi cuarto tenía otra disposición. Los pisos estaban encerados y mi cama se había movido. Mi mamá tenía la obsesión de cambiar de puesto los muebles cada cierto tiempo, era como estrenar hábitat cada mes. Amaba esta sensación.

La casa tenía un olor particular, olía a cera y a ropa planchada, había otros elementos que años después no he logrado descifrar, pero sí recuerdo la sinestesia de ese olor, ese clima y la sensación que me generaba. Era el ambiente de vacaciones.

Amaba ese clima porque me recuerda los días de levantarse tarde, ver televisión en la cama (aunque me tenía que levantar a cambiar de canal porque no tenía control remoto), jugar con mi hermano, pelear con mi hermano, hacer llorar a mi hermano, salir a la calle a jugar con mis amigos del barrio, esperar los fines de semana a que mis primos fueran a la casa y jugar a construir cosas conc artón, cinta y caucho, nuestros "experimentos", comer helados de canela que hacía el abuelito, lavar el jardín con la manguera y terminar en pelea de agua, regar las plantas, desmenuzar pollo y comerse la mitad en el camino, jugar Atari (por más que fuera un NES, en esa época se jugaba Atari y punto), leer libros por voluntad propia, ir a la casa de los Bernal a sorprenderme por algo nuevo cada vez, a la de Jorge a jugar con los conejos y ver películas, a la de Óscar a molestar el gato y explorar los laberintos de chécheres, a la de Jenny y terminar jugando con 20 niños del barrio, amaba todo lo que representaba ese clima en mi vida.

Muchos años después, encerrado en casa, sobreviviendo una pandemia de covid y de soledad, sentado ante una pantalla siento este clima afuera y recuerdo todo. Era más fácil vivir así, era más divertido, era más humano. Extraño esas vacaciones, extraño la casa de infancia, los amigos, el descanso, la diversión, extraño vivir.

La verdad es que ya no amo este clima de diciembre, lo odio por recordarme que crecer es sinónimo de ser infeliz.

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