En el barrio están robando menos
Empezó como un pensamiento recurrente, luego se volvió una idea bien formada, evolucionó en charla en casa con la familia y se confirmó gracias a la red de chisme del sector: Están robando menos en el barrio.
No es un secreto que el barrio es peligroso, que a toda hora roban, que los objetivos principales son los hombres encorbatados, los muchachos de colegio y los foráneos que vienen en carro, sin embargo acá se pueden robar una camioneta o hasta la bolsa del pan, nadie está a salvo.
Casi que de repente los robos bajaron, antes cada conversación con la gente del barrio empezaba con un '¿sí sabía que le robaron tal cosa a tal persona?', pero luego el tema cambió a cosas mucho menos interesantes como el clima o la novela de la noche. De verdad dejaron de robar en el barrio.
El sector estaba dominado por El Pangas, Talego y Carepiedra, ellos eran la triada delincuencial del Quiroga y todos lo sabían. La policía también lo sabía pero no hacía nada, había varias hipótesis de por qué no actuaban contra ellos: que era por flojera, por incapacidad, por miedo, por alianzas, en fin, lo único cierto es que los tombos no tocaban a estos tres.
A veces se aliaban con peladitos raponeros, pero normalmente trabajaban solos. Intimidaban con navajas pero no eran habituales las heridas ni las muertes, ocurrían pero no mucho. Trabajaban por su lado pero cuando se reunían los tres, en especial en el parque de la 21 con 40A, es porque se cocinaba algo grande, tal vez el robo a una casa sola o a una tienda, incluso una vez se llegaron a robar una patrulla de la policía que luego abandonaron sólo por saber que podían hacerlo.
Un sábado se metieron a la casa de uno de los más ricos del barrio. Carepiedra se llevó un montón de joyas y algo de plata que encontró, no podía caminar ni correr bien, fue el primero en salir de la casa. El Pangas se alcanzó a llevar un VHS, un beeper y otras cosas pequeñas pero caras que vio por ahí, el man tenía buen ojo para las cosas de valor. Talego era el fuerte y se cargó un televisor como de 27 pulgadas, un Trinitron que pesaba un montón, lo envolvió con una sábana y se fue con su botín a casa.
Cuando llegaron a su guarida, cosa que sí se mantiene como un secreto de estado, nadie sabe dónde viven esos tres, inventariaron el producido del día, se repartieron lo que se podía repartir, tenían un par de botellas de aguardiente, unos Pielrojas y celebraron conectando el televisor. Sirvió para reemplazar el de 14 pulgadas que tenían antes, claramente también robado. Tenían por primera vez uno con control remoto, además podían ver canales más allá del 13, cosa perfecta para disfrutar la parabólica, que tenían claramente también robada.
Lo primero que vieron fue una película con Arnold Swartchenergert, o como se diga, cuando se acabó ya estaban un poco borrachos y comenzaron a canalear desde sus sillas, algo que nunca habían podido hacer. Pasaban por los canales peruanos, por los brasileros, otra vez los peruanos, y luego aterrizaron en uno de deportes en inglés que no entendían, era la transmisión de un evento de patinaje sobre hielo, las patinadoras giraban y bailaban con gracia mientras los tres cacos veían con risa y sorpresa, ni siquiera sabían que se podía bailar en patines.
Eran ladrones, y de los peligrosos, pero por un instante eran niños sorprendidos viendo algo nuevo. Talego agarró la botella, se zampó un sorbo grande, se levantó y entre risa, admiración y alcohol intentó hacer uno de los giros de las patinadoras. El fracaso fue enorme, terminó contra el suelo toteado de risa mientras los otros dos hampones también se carcajeaban. El Pangas fue el siguiente, se levantó de la silla, se quitó los zapatos para tratar de deslizarse en el suelo como si patinara y luego dio un salto ridículo con una pose ridícula, pero aterrizó bien, los compinches lo aplaudieron y luego volvieron a las carcajadas. Carepiedra no quería participar, él estaba feliz como espectador, pero lo convencieron de que intentara un salto con giro; se levantó, se acomodó sus pantalones Lec Lee, tomó impulso y brincó sin desplazarse mucho, también terminó en el suelo entre risas y restos de aguardiente y ceniza de cigarrillo.
El domingo no robaron, era su día de descanso y lo respetaban mucho. Estaban en casa pagando el precio del alcohol y en la mañana, a eso de las 11, uno prendió el televisor y empezó a canalear, se quedó viendo una película sobre un perro que ganaba un partido de baloncesto, al rato se levantaron los otros dos y se le unieron mientras comían un poco de pan que había por ahí. Recordaron su brevísima incursión en el mundo del patinaje artístico mientras bromeaban y planeaban qué iban a hacer el resto del día.
Por la tarde El Pangas salió a comprar algo para comer, eran ladrones pero pagaban por su comida aunque les tocaba ir hasta Santa Lucía a comprar cosas porque en el barrio en todas las tiendas los conocían. Volvió con un pollo y medio, una Colombiana 2 litros y 6 latas de Águila para el refajo. Al regresar se sentaron ante el televisor y empezaron a canalear hasta cuando ante sus ojos aparecieron de nuevo los patinadores, esta vez era competición en parejas.
Al principio los comentarios apuntaban a la belleza de las patinadoras y a burlarse de la actitud "medio cacorra" de sus parejas, como decían ellos. A veces se reían de los nombres de los competidores que no podían pronunciar. Entre pollo, refajo y patinaje los comentarios jocosos se iban dejando de lado y se convertían en auténticas críticas sobre la ejecución de la rutina de las parejas, en pocos minutos se habían convertido en verdaderos especialistas en tornillos, licuadoras, helicópteros, ranitas, alzadas y cuchilladas de la muerte, o pues así les decían porque pedirles que supieran sobre axel, lutz o lifts era tal vez demasiado.
El lunes tocaba trabajar, El Pangas se fue por los lados del Ley a ver qué conseguía, Carepiedra estaba por la 24 y Talego se fue por los lados del Restrepo Millán a ver si conseguía alguna maleta de estudiante desprevenido. Al final del día compartieron el botín: una Totto Afrika con cuadernos y un Álgebra de Baldor, una gorra de los Bulls, un reloj Casio con poquita pila, un radio de carro, algo de plata en efectivo, una botella de brandy que Carepiedra vio mal ubicada en un supermercado, y otras chucherías varias.
El plan era ver patinaje mientras se tomaban la botella de brandy. Hoy era el turno del patinaje masculino. Empezaron la jornada burlándose de la ropa y la actitud "muy cacorra" de los patinadores, como decían ellos. El Pangas argumentó que a los competidores les iría mejor si participaban en sudadera, para Carepiedra la licra era mejor, pero sí coincidía que si la ropa fuera más gruesa les daría menos frío y podían competir mejor. Para Talego simplemente quitar los brillantes era suficiente.
Seguían puliendo sus habilidades de jurados de patinaje, claro está que usando sus términos, como el triple tornillo o el nuevo Lobo del Aire, una versión mejorada del helicóptero de la competencia de ayer. El Pangas estaba emocionado, después de levantarse para ir al baño se le podía ver intentando imitar los movimientos de los patinadores. Carepiedra lo vio y no se burló, simplemente le dijo que no intentara brincar hacia la derecha porque sabía que él era zurdo, que intentara brincar hacia el otro lado. Talego estaba absorto, no dijo nada. Al final de la noche descubrieron que la botella de brandy estaba intacta.
El martes El Pangas volvió por los lados del Ley, a Talego se le vio por los lados del Inglés, Carepiedra se subió a un bus hacia el centro. Por la noche se vieron pero el botín fue escaso: un par de billeteras y un bolígrafo Parker. Se vieron por la noche y no se dijeron nada sobre el producido, era claro que era malo, pero también era claro que en ese martes el trabajo no era la prioridad. No querían mostrar mucha efusividad pero todos los sabían, estaban ansiosos por ver patinaje, así que con tranquilidad se sentaron y prendieron el televisor, ya después de eso no disimularon mucho y pasaron directamente al canal deportivo.
Al tiempo cambiaron de cara, el evento había concluido y ahora transmitían algún partido de fútbol de algún torneo de algún país. Hubo gran desconsuelo que trataron de disimular tanto como era posible. Pasaron algunos muy largos segundos viendo fútbol hasta cuando El Pangas dijo que en medio de la jornada ladronil del día había entrado al Ley y había visto que unos patines costaban una cantidad de dinero alta pero no exagerada, que tal vez con algo de suerte podía terminar comprando unos robando unas 3 o 4 billeteras. El Pangas creyó que su comentario iba a ser muy mal visto por sus socios criminales, pero se pudo ver en la cara de Talego la misma facción que hace cualquier otro ser humano cuando hace cuentas. Carepiedra dijo que podía conseguir unos más baratos, que por curiosidad estuvo en el Casa Olímpica de la 17 y que vio que pueden conseguirse unos más económicos y mejores. Unos 5 segundos de silencio. Talego dijo que averiguó que en el parqueadero del barrio Inglés los domingos el mercado va hasta la 1 y de ahí en adelante queda solo, perfecto como para patinar.
El miércoles El Pangas se fue a Sanandresito de la 38, Carepiedra volvió al centro y Talego regresó al Inglés. El botín del día fue averiguar que había patines en línea pero que esos no eran buenos para rutinas artísticas, que tocaba usar de los tradicionales, también que en Bogotá no hay pistas de hielo y que el parqueadero del Inglés está cerrado después de la jornada de plaza de mercado, pero que en el parque del Tunal o en el del Olaya se podía practicar patinaje.
El jueves se quedaron en el barrio, El Pangas estuvo trabajando por el lado de la Caracas con 36, Talego por los callejones de la 33 y Carepiedra por los lados de la iglesia. Fue un día de trabajo estratégico, sin proponérselo llevaron la misma rutina: conseguir una maleta de algún niño de los colegios, botar los cuadernos y usarla para empacar beepers, walkmans, relojes, billeteras, aretes, cadenas y billetes. No habían trabajado de tal forma en años.
El viernes se distribuyeron las cosas y se fueron por la ciudad vendiendo las cosas en compraventas y tiendas. Al final del día y con casi todo vendido se reunieron en la casa, contaron la plata, sacaron algo que tenían guardado y vieron que ya podían comprar los dos pares de patines que querían. Carepiedra decidió que no quería patines por su cojera, le dieron un balazo en una pantorrilla cuando se intentó robar una bicicleta cromada del hijo de un escolta, pasar por el parque de la 21 con 38 le hacía doler la pierna.
El sábado fueron los tres a Sanandresito a comprar los patines. En varias ocasiones pensaron en simplemente robárselos y ya, pero recordaban que en ese sector al choro que agarraban lo desaparecían, entonces mejor recurrir al clásico regateo para conseguir un buen precio. Compraron los patines, comieron lechona y se fueron a casa.
El domingo era el día para estrenar los patines, pero tenían miedo de que se burlaran de ellos. Decidieron ir al Tunal, el parque es lo suficientemente grande como para que puedan mantenerse anónimos. En un punto descubrieron que no sabían qué estaban haciendo ¿de verdad iban a practicar patinaje artístico cuando ni siquiera sabían andar en patines?
En el parque se pusieron los patines, tenían nervios, se hicieron en un lugar alejado del resto de la gente en una parte medianamente cementada. Cuando El Pangas se intentó levantar de inmediato se cayó, Talego pudo resistir de pie un poco más, pero tras dos pasos cayó. Aunque se reían y se comparaban con Bambi aprendiendo a caminar, poco tiempo después la risa se acabó y comenzó a notarse frustración. Carepiedra hacía lo que podía tomándolos de las manos, tratando de recordar los movimientos de los patinadores en televisión y buscando que sus colegas lo imitaran. Talego logró mejores avances que El Pangas, pero cuando ya había logrado un poco de impulso se tropezó con una rajadura en el cemento y cayó de cara, se reventó la nariz. El Pangas no podía hacer nada para socorrerlo, Carepiedra fue a su rescate y le ayudó a incorporarse mientras el otro hampón sangraba copiosamente.
El regreso a casa fue particularmente callado, en un punto, cerca de la 24 con 44 cada uno tomó por su camino y no se vieron sino hasta la noche.
El lunes era día de regresar a su deshonesto trabajo. Talego se fue por el sector de Bravo Páez a cazar algún estudiante, El Pangas estaba por el parque de la 42 con Caracas, Carepiedra rondaba el caño de la 31. Talego sólo trabajó medio día porque todavía le dolía la cara del golpe, entonces tras conseguir una chaqueta The North Face y una cadena de plata se fue a la casa, pero al llegar vio que los patines de El Pangas no estaban. Por la tarde llegaron Carepiedra, cojeando como siempre, acompañado de El Pangas que también cojeaba, como nunca lo hacía. Resulta que en un momento abandonó su puesto de trabajo y se fue a buscar a Carepiedra para que fueran al Tunal a que le ayudara a practicar, no quería que Talego lo superara.
Esa noche tuvieron una reunión laboral y deportiva muy necesaria, determinaron que iban a practicar por la tarde 3 días a la semana y el domingo casi todo el día, el resto del tiempo lo usarían para el trabajo ya que necesitaban la plata para comprar mejores equipos y eventualmente ir a una academia. Aceptaron el acuerdo y celebraron buscando una nueva transmisión de patinaje en televisión, pero esta vez estaban dando un resumen de un partido de béisbol.
El martes era día de trabajo y cada uno tomó su camino, pero a Carepiedra lo alcanzaron a pescar mientras trataba de quitarle los aretes a una señora en un bus de la Caracas, alcanzó a bajarse del bus antes de que lo agarraran y a huir con su cojera hacia los chircales de El Pesebre. El Pangas tampoco estuvo fino y apenas consiguió una billetera, Talego estuvo un poco mejor al quitarle unas zapatillas Kelme nuevas a un pelado, también consiguió un reloj Timex, pero cuando corría sentía dolor en la cara, entonces tuvo que volver a casa temprano.
De nuevo hubo reunión, sabían que estaban desconcentrados, sólo pensaban en el patinaje pero tenían un trabajo que realizar, si no robaban no comían, se comprometieron a estar más concentrados y se ingeniaron un sistema: si el producido era malo no patinaban.
El miércoles era día de trabajo y de entrenamiento. La mañana fue increíble, la lluvia bogotana hacía que la gente se agolpara en los paraderos de los buses, esto lo sabían muy bien ellos y Talego se fue a los paraderos de buses de la Troncal de la Caracas, Carepiedra se fue al paradero de la Z9 frente al Bravo Páez, y El Pangas en el paradero de la 124 al lado del polideportivo. Vaya día, billeteras, relojes, cadenas, hasta consiguieron un pisacorbatas bañado en oro. A mediodía estaban en casa, dejaron el botín de lado y partieron al Tunal a su práctica. Carepiedra estuvo revisando en su mente una y otra vez los movimientos de los patinadores, también prestaba atención a cualquier persona en patines que se cruzara para ver cómo lograban desplazarse.
En el Tunal volvieron a la misma zona medianamente cementada, se armaron de patines y empezaron a trabajar en su técnica. Carepiedra guiaba con una especie de mímica a sus compañeros que hacían un gran esfuerzo por no caerse, Talego pasaba con temor al lado de la grieta que lo mandó al suelo días antes. Eran disciplinados y tenían una suerte de plan de trabajo, antes de aprender a ganar velocidad y equilibrio no se iban a arriesgar con saltos ni piruetas. Fue un excelente día de trabajo y de entrenamiento.
Siguieron su rutina por varias semanas hasta cuando en un punto lograron un cierto nivel de habilidad. En ese punto aumentaron la frecuencia de entrenamiento a 5 días a la semana, el domingo ya no iban al Tunal sino que buscaban en el Salitre a patinadores más experimentados para verlos y aprender de ellos, además aprovecharon y se robaron un par de bicicletas y algunas tulas deportivas en esos días.
Sabían que su inspiración era el patinaje sobre hielo pero en un lugar como Bogotá era difícil practicarlo, pensaron en comenzar a robar en patines por la velocidad que podían lograr, pero serían mucho más llamativos y no querían eso. Por las tardes El Pangas y Talego seguían practicando e implementando saltos y piruetas básicas a su repertorio mientras Carepiedra investigaba si había alguna liga de patinaje en la ciudad, se le veía largas jornadas con directorio telefónico en mano haciendo llamadas y preguntas.
Tras varios días de excelente trabajo, excelente entrenamiento y excelente investigación, Carepiedra encontró que en el Coliseo Cubierto había una liga de patinaje artístico y que podían vincularse a ella. El primer día su ropa y su actitud eran disonantes con el del resto de asistentes, principalmente niñas entre los 12 y 16 años, pero con la seguridad que dan años de calle no se dejaron intimidar y siguieron asistiendo y mejorando sustancialmente.
En la liga ellos nunca robaron, era un territorio sagrado, de hecho también dejaron de hacerlo cuando iban al Salitre, pero las mañanas eran para el trabajo y cada vez eran mejores en lo que hacían, tal vez el entrenamiento físico y mental los hizo mejores hampones.
Tras algunos meses de entrenamiento tomaron la decisión de dedicarse por completo al patinaje. Carepiedra había logrado convertirse en un excelente instructor y asesor, incluso algunas niñas de la liga preferían hablar con él que con la instructora titular. El Pangas se volvió muy bueno en patinaje individual, desde niño había sido buen bailarín y esa habilidad la logró traducir sin problema a los patines. Talego se volvió amigo y luego novio de una de las participantes de la liga, con ella hizo equipo y practicaba en pareja.
Un domingo se reunieron a hablar, una nueva reunión laboral y deportiva. Gracias a la liga habían conseguido algunos cassettes VHS de competencias y los ponían mientras hablaban. Carepiedra llegó a una conclusión: iban a dejar de robar y se iban a dedicar al patinaje. Tenían muy buenos ahorros y con eso podían vivir por un buen tiempo, además planearon que podían dar clases, participar de campeonatos y tal vez abrir un local de patines en el Siete de Agosto. Con temor de lanzarse a la arriesgada vida legal aceptaron. Claro que había temor pero también había ilusión.
Tras dos meses de vivir de ahorros lograron llegar a cierto equilibrio. Carepiedra daba clases en el Tunal, El Pangas lograba algunos pesos arreglando y vendiendo patines y Talego logró un trabajo de medio tiempo en la miscelánea de su suegra. La vida legal era rara para ellos, no ganaban mucho, pero tampoco arriesgaban mucho, además tenían tiempo para entrenar.
El día que marcó el gran punto de inflexión en sus vidas fue un sábado de agosto, ese día iban a competir en un campeonato por primera vez. Carepiedra fue el coreógrafo y técnico de las rutinas de sus compinches. El torneo era en el Palacio de los Deportes, lugar al que iban a ir por primera vez y que además iba a tener público. Sabían que no iban a ir miles de personas, pero con que fueran apenas 10 ya sería un público a tener en cuenta.
Carepiedra revisaba los apuntes que tenía en un cuaderno Jean Book donde anotaba todo lo que pasaba en sus clases, El Pangas tenía algo de miedo porque había sentido una pequeña molestia en un tobillo. Talego practicaba con Giselle, su novia, la rutina y cambiaban pequeños detalles para lograr más velocidad o mejores trucos.
El día llegó, no durmieron bien por la ansiedad, tenían que estar a las 10 en el Palacio pero desde las 4 de la mañana ya estaban despiertos. Era el día en el que oficialmente dejaban todo atrás, es cierto que ya no robaban pero ese día era algo como una graduación, iban a recibir su título de patinadores y mandar al carajo los días de calle y robo.
A las 8 ya estaban listos, los patines en sus maletas, sus uniformes doblados y guardados en bolsas, botellas de agua, el Jean Book con notas, un par de cassettes con las canciones para las rutinas. Salieron de la casa y a dos cuadras del paradero del bus unas ráfagas de bala los dejaron tendidos en la calle inmóviles, sangrando, sorprendidos y muertos, Benítez y Mosquera, los tombos del CAI del Quiroga que no habían recibido su coima en meses ya estaban hartos de no tener plata.
Nunca se supo si los uniformes que llevaban eran de licra o eran sudaderas.